U T O P Í A
(2007-08)

 

no significa nada - grafito, tinta, litografía y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007) todo sigue igual - grafito, tinta, litografía y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007)
intentar - grafito, tinta, litografía, lápiz de color  y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007) llueve en el desierto - grafito, tinta, y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007)
desigualdad - grafito, tinta, sangre  y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007) nada cambia - grafito, tinta, y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007)
todo vale - grafito, tinta, y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007) desengaño - grafito, tinta, litografía y collage sobre cartón, 17'5x18cm. (2007)


globalización - grafito, tinta, litografía y collage sobre tablex, 22'5 x 32 cm. (2007-08)


afán de superación (El poder es para unos pocos)
grafito, tinta, lápiz de color, litografía y tránsfer sobre tablex, 74x103'5 cm.
(2007-08)


Utopía: un alegato cáustico en clave de revisionismo ético, estético y social
Mª del Mar Díaz
Universidad de Oviedo


Antes de profundizar el análisis de la serie Utopía aportada por Jaime Rodríguez a su exposición Prohibido el paso, vale la pena aludir nuevamente a la riqueza inventiva que el artista plantea en los diversos planos de su existencia. Cabe referirse a otros aspectos que tienen que ver con el ritmo vital en que confluye asimismo el pulso creativo. Como es bien sabido su ingenio, agudeza mental y talento se diseminan sin lugar a duda en sus aportaciones plásticas, pero hay otras facetas que corroboran la hondura de su sabiduría emocional y que ahora también interesa resaltar. Entre sus muchas cualidades, destaca ciertamente su singular sentido de la amistad entreverado de una enorme capacidad de entregarse a la otredad. En ese sentido, conservo en mi memoria gratos recuerdos y también atesoro en mi archivo un buen número de mensajes del artista que confirman todos ellos su singular e inquieta personalidad. En ese intercambio de escritos personales, Jaime refiere de manera intuitiva y directa su sentido del arte, de la crítica y de la amistad, siendo por ello estas comunicaciones fuentes de primera magnitud que releo con frecuencia a la hora de perfilar el prólogo de sus aportaciones pasadas o presentes. Este caudal de ideas, reflexiones y pensamientos, surgidos al socaire de una exposición suya o ajena, que brotaron en su día al hilo de un comentario sencillo o al calor de una opinión cualquiera, complementa gratamente nuestro mutuo mapa relacional, y me ayuda a trazar ahora las directrices conceptuales de este conjunto de trabajos iniciados en 2007, y recientemente concluidos.
En octubre de 2004, el artista se afirmaba como un ser pensante, cuyos sentimientos afloraban por todas partes. El pensamiento y la emoción eran, y siguen siendo aún afortunadamente, su razón de ser y devienen, al mismo tiempo, un dique imparable que le impide mostrar un mismo perfil, dado que “todo me influye, me encadena y me desata”. En aquellos momentos, sus aportaciones trataban de asir el alma del artista mediante la utilización del medio más próximo o necesario para la traslación de su idea personal, difícilmente transferible en su plena totalidad para cualquier creador. No resulta desatinado afirmar que esta cualidad, otrora perseguida por Jaime Rodríguez, también sigue dignificando todas sus aportaciones más recientes, que se perfilan siempre como un alma delicada, recóndita y emotiva. Es, por ello, en mi opinión en los pequeños y medianos formatos donde ese sutil latido encuentra por el momento su mejor acomodo, y así acontece una vez más en la presente ocasión. Desde ese punto de vista, sus evocaciones creativas más recientes vuelven a conformar un bellísimo poemario plástico animado de cálidos hallazgos formales.
Por medio de la variedad y la diversidad de los medios técnicos, de los recursos audiovisuales, de la señalética de todo género y condición, empleando incluso el medio táctil, la plástica de Jaime Rodríguez se engrandece con el lenguaje de los sentidos que debería invadir actualmente todos los campos del arte de la modernidad, lo cual no siempre acontece.
Las doce piezas que se proponen al espectador de la mierense Casa Duro, integran diversos procedimientos como resulta ya habitual en la dinámica creativa del autor. Lo cierto es que este nuevo discurso artístico englobado dentro del genérico epígrafe Prohibido el paso logra esbozar una vez más un repertorio pleno de sugerentes intimidades y acertadas reflexiones. Sin embargo, en esta ocasión, el artista también quiere rendir, en la mencionada serie Utopía, un afectuoso homenaje formal a Jonathan Talbot que, en el estío de 2007, impartió un curso sobre el collage en el Centro de Estampación artística Litografía Viña de Gijón. Y es que Talbot mostró allí a los asistentes una serie de planteamientos innovadores en lo concerniente a ese versátil recurso(1). Durante el transcurso del taller, el artista neoyorquino propuso otras vías de indagación y de experimentación procedimental, ahondando las posibilidades de un medio tan versátil que no había sido utilizado en vano por los dos insignes maestros cubistas en los assamblages elaborados en la segunda década del siglo XX. No tratándose, por lo tanto, de un método expresivo nuevo para Jaime Rodríguez, que lo había empleado desde sus inicios y en el que siempre había brillado con luz propia, es cierto que la sistemática de las adherencias entreabrían infinitas facultades creativas. Al utilizarlo dentro de una combinación de medios de diversa naturaleza, una mezcla de técnicas y de excéntricos procedimientos, el collage se entrevera como una alternativa que enfatiza los argumentos simbólicos del espació plástico, dado que se sobrepone a la fluctuante base gráfica, atenuandola y equilibrándola al propio tiempo. A veces también logra velar, limitar o suavizar determinadas áreas de color o imponer su preponderancia en función de los deseos de decir y de contar del autor de estas obras.

N
¡no pienses más! ¿Para qué?


A pesar de la heterogeneidad de los recursos empleados, lo cierto es que la serie Utopía decanta una coherencia compositiva difícil de lograr en todo momento y preserva al mismo tiempo la sintaxis estilística del artista. Es en ese sentido, si se me permite la expresión laudatoria, una obra plástica canónica, materializada sobre un soporte cartón en el que aletean las certeras modulaciones dibujísticas que muy bien definen el particular lenguaje del artista. Adherencias de toda clase y recortes de prensa contribuyen a enriquecer determinadas composiciones -valga el ejemplo de las obras número cuatro y siete: Llueve en el desierto y Siempre legato (Todo vale)-. Algunos acordes cromáticos, siempre estridentes, dado que se proponen como un verdadero e inquietante alarido, o bien como un estallido de color que se alza exultante, al fin, sobre el plano inferior de algunas superficies -Todo sigue igual; Intentar, Desengaño dentro de la serie La ignorancia II. No olvidemos tampoco la extraordinaria y perturbadora obra El poder es para unos pocos, única y estupenda aportación de grandes dimensiones.
Por lo general, Jaime se esfuerza en el dominio de la luz, intuyéndose maestro de la línea que siempre ha brotado impulsiva y segura en todos sus trabajos iniciales, el autor concentra preferentemente ahora sus esfuerzos en lograr unas centelleantes metáforas en las que escinde el mensaje, duro y crítico de este poemario -vale la pena destacar a este respecto No significa nada; Globalización de la serie Ignorancia IV; Dualidad. Amor/Odio. Dentro de este contexto, tampoco quiero dejar de comentar el protagonismo compositivo desempeñado por el papel empleado habitualmente por las costureras para trazar patrones. En mi opinión, este singular elemento desempeña una función articuladora y constructiva como se puede advertir en algunas de las mejores piezas de la serie: Desigualdad; Nada cambia; No pienses más ¿Para qué?. La estructura de su pulpa, su valor táctil y su colorido cetrino, sobre todo, contribuyen a consolidar sin duda el espíritu revisionista de este razonamiento incisivo y mordaz con el que el artista pretende sellar el compromiso de denuncia ética y estética de una sociedad adocenada y complaciente.
El papel de patrones resulta protagonista en lo cromático, pero también en el plano sensorial, conformando una epidermis satinada y, de ahí, agradable de tocar y de recorrer con la yema de los dedos, pensamos en las obras: Llueve en el desierto; Nada cambia, entre otras. Es éste un recurso ambivalente y versátil que Jaime emplea sabiamente en casi todas las obras de esta serie. Aparece a veces enmascarado debajo de otras superficies igualmente sensitivas, aunque más neutrales y también más diáfanas, como sucede en el caso de la obra de mediano formato Dualidad. Amor/Odio que enuncia una dicotomía universal de tintes biográficos como resulta habitual en la trayectoria artística de Jaime Rodríguez, voluntariamente narrativa asimismo.
A pesar de la denominación genérica, la serie Utopía no se ha conformado como una bella entrega a la fábula, a lo inverosímil y a lo fantástico, se ha enfocado, por el contrario, a partir de un planteamiento revisionista de un sistema de valores “decimonónico”. Aprovechando la tradicional herencia crítica de las artes, y desde la ironía de las interrogantes, las obras consignan un modelo alternativo de organización social. Esta propuesta artística canaliza la denuncia de creencias establecidas, consideradas a priori como supuestas grandes verdades universales, que se revelan al fin huecas, vacías de contenido y de intención. Utopía se erige, por lo tanto, como un eje de referencia crítico y subversivo con el fin de apelar a la meditación del espectador de una muestra esencialmente inconformista. Por medio de este cuestionamiento, Jaime Rodríguez esboza un decálogo de reflexiones en torno a los acontecimientos sincrónicos de nuestro devenir contemporáneo más inmanente. Sus trabajos aluden a la necesidad de un cambio, plantean la voluntad de ruptura con el vetusto y caduco sistema tradicional que, según el artista, “establece una relación hierática entre los diferentes niveles de la cultura”.
Utopía traza, en definitiva, un balance de activos y de pasivos e indaga sobre la equívoca ambivalencia de determinados términos como democracia, educación, globalización, igualdad, humanización, libertad de expresión... Las doce aportaciones de la serie se atreven a escudriñar la interpretación de unos conceptos manidos, malinterpretados con suma frecuencia por una sociedad ignorante y opulenta que vive de espaldas a la realidad triste y desesperanzada de mucha gente.
Empleado en su connotación más sarcástica, el término Utopía remite insistentemente a las lacras de una comunidad alienada e hipócrita que se mantiene ajena al compromiso de denuncia de las injusticias y de los abusos. Desde ese planteamiento, al tratar de forjar una realidad paralela cargada de simbologías morales, el discurso resulta áspero y en modo alguno complaciente, dado que Jaime no ha querido plantear una ensoñación melancólica ni un alegato recatado y pudibundo. Por el contrario, las parábolas iconográficas se centran en la descripción de los vicios históricos, de la falsa palabrería o de la amoralidad de determinados grupos de presión. El arte y su mundo, el panorama artístico, al fin y al cabo, o el dominio de la creatividad también ha sido puesto en en tela de juicio: Todo sigue igual; Nada cambia; Desengaño; No pienses más ¿Para qué?, etc...
Además de la unidad formal y de la concordancia estilística, también cabe mencionar otros aspectos no menos interesantes en este conjunto de obras, que acrisolan un elenco de simbologías intrínsecas al autor. Se trata de una serie de elementos que fluyen y refluyen en casi todas las propuestas creativas de Jaime y que canalizan códigos y emblemas tras los que se alzan los baluartes de un discurso muy íntimo y personal. Si recurrente resulta el soporte lingüístico en la mayor parte de sus aportaciones, en esta ocasión el aditamento argumentativo ha sido relegado ahora, la mayor parte de las veces, a un segundo plano del trabajo, acantonado en la trasera del soporte, el mensaje concreta, describe y refuerza el valor de la reflexión, dado que el autor siempre insiste en la clarificación del concepto base, pero a penas se impone visualmente en determinadas composiciones: Llueve en el desierto; Nada cambia; El poder es para unos pocos.
El código de barras, en tanto que referencia irreal y artificial, ha sido omitido en favor del pentagrama, Siempre legato (Todo vale), en alusión al arte y a la mixtura artística que resulta de una olla podrida. El alquimista arroja en una marmita toda clase de detritus entremezclados de sutiles pociones mágicas hasta el logro final de un producto más o menos efectivo y convincente tildado por el artista con el apelativo Art y en el que no podía faltar el alusivo aderezo del pan de oro.
La alusión al agua, metáfora de la vida, ha sido canalizada en esta ocasión por medio del efecto de la lluvia. Lejos de alumbrar vida, de engendrar esperanza y felicidad, el líquido elemento de esa sublime gota se anega en la nada para siempre, como muy bien traduce la turbadora composición cargada de negativos presagios: Llueve en el desierto.
El esbozo de lo humano, de la humanidad al fin y al cabo, siempre aparece referenciado por medio del silueteado de una cabeza, una figura o una muchedumbre anónima que se ve arrastrada a la impotencia como podemos advertir en algunas piezas desgarradoras: No significa nada en alusión a la manifestación y a la revuelta ciudadana, ambas inútiles, lastradas y sin efecto verdadero. Muy evocadora resulta asimismo la obra Todo sigue igual en la que los hombres atolondrados y robóticos van y vienen sin rumbo fijo, sin objetivo verdadero, abstraídos en su deambulante vida. Lo mismo cabe decir del trabajo El poder es para unos pocos.
Dentro del mismo contexto de la humanidad perdida, aparece el emblema del árbol, cuya profunda simbología totémica ha arraigado en la trayectoria de Jaime Rodríguez desde sus primeras exposiciones. Es un código de fértil, poderosa y versátil significación que se substancia por lo general a través de las raíces, por medio del tronco solamente o de la frondosa y alegórica copa. Siendo transunto paradójico del culto al buen salvaje, asimilado en determinadas ocasiones con la visión arcádica y panteísta, el árbol también integra con suma frecuencia la noción de vida primigenia y de civilización genesiáca. En esta ocasión, el emblema desempeña una función negadora, en alusión por lo tanto a la creciente deshumanización social. La configuración anatómica de unos brazos y manos elevándose impotentes sobre un bosque yermo y sarmentoso sugiere connotaciones biorgánicas: Intentar; e incluso biomórficas cuando el árbol se adueña de la trama urbana conformando un trazado caótico que oculta la razón, la justicia y la equidad: Desigualdad; Nada cambia. La retórica iconográfica de esta metáfora refuerza sin duda el tono escéptico de este conjunto de obras que muestran y denuncian sin evidenciar conclusiones, sin cerrarse a una respuesta y sin proponer una solución.
En el ámbito urbano, también surgen planimetrías geográficas en alusión al truncado mapa de Europa que reseña una Globalización promovida por las grandes redes económicas, y auspiciada y defendida por los oligarcas. La geografía humana debería unir a los pueblos, dado que las configuraciones políticas se han esforzado en trazar fronteras, dividir, parcelar y limitar separando tercamente unas regiones de otras y, en definitiva, unos hombres de otros. La sinrazón no tiene cura y el sentimiento, emulado por medio de un corazón, ya no encuentra acomodo en medio de esta generalización despersonalizadora que emana de ese concepto de lo global artificioso.
Si en otras exposiciones, Jaime propendía a lo personal, en esta ocasión Utopía remite a la ética de nuestra sociedad globalizada, que se envuelve en la dinámica de unos valores manidos, caducos y yermos parapetados tras una estética fútilmente edulcorada. Este conjunto de trabajos de gran belleza plástica se inscribe dentro de unas directrices de compromiso artístico indudable, pero también delatan una gran responsabilidad social. Utopía se presenta como una serie abierta, como una llamada a nuestra conciencia y como un guiño a la inteligencia del espectador que puede inferir en el contexto del discurso desde su propia experiencia personal, siendo ésta una de sus mejores cualidades sin menoscabo, por supuesto, de los aciertos comentados más arriba.

(1) Véase Pablo R. GUARDADO: Diario La Nueva España, Noticias Gijón, Domingo 08 de julio de 2007. La técnica de Talbot facilita la adhesión de los elementos de un collage y evita la utilización de adhesivos líquidos en el proceso de asamblaje, lo que elimina las arrugas y el tiempo de secado, procurando mayor libertad al artista, que debía levantar las composiciones para aplicar el adhesivo y pegar permanentemente los elementos. La técnica tradicional imposibilitaba un resultado final exactamente al del original. La utilización de una plantilla o el uso de capas de medio acrílico son algunas de las formas de evitar los inconvenientes del pegamento. Todo ello se encuentra recogido en el libro «Collage: a new approach», que próximamente verá la luz en España gracias a unas negociaciones del estadounidense con Ediciones Trea.

 

Utopía - grafito,tinta,litografía y collage sobre papel de acuarela 600gr. 18x18cm. (2007-08)